So long
by
Lucia Hsiang
While it’s important to recognise where early cyberpunk literature is coming from with respect to its skepticism of body modification, it feels like a lot of folks are basically using that to excuse the ableism of modern cyberpunk.
Yes, it’s true that much of the chrome angst in first-wave cyberpunk literature is explicitly tied to the corporate state’s efforts to abolish personal bodily autonomy, and to the extent that having a robot arm is construed as dehumanising, it’s dehumanising because a corporation owns your arm, not because prosthetics are evil.
However, it’s equally true that the “prosthetics eat your soul” horseshit of later cyberpunk lit is something that popular cyberpunk authors were very much complicit in. They wanted to retain the chrome angst as an aesthetic trapping while dialing back its political dimension in order to better appeal to mainstream audiences; to this end, the idea that having cyborg parts is intrinsically dehumanising was enthusiastically embraced. This isn’t a pop-cultural misunderstanding at work – it’s a shift in attitude that’s present in the literature itself.
Furthermore, that transition happened relatively early in the genre’s history, and was probably the norm rather than the exception no later than the mid 1990s. For those keeping count, that was 25 years ago, which is considerably longer than first-wave cyberpunk managed to remain culturally relevant. Basically, cyberpunk sold out, and it sold out early!
The fact that literary cyberpunk had some interesting things to say about bodily autonomy in 1984 – and that the chrome angst is a core component of that commentary – doesn’t give the genre a free pass for all the subsequent “prosthetics eat your soul“ stuff, and it certainly doesn’t mean that the two thirds of the genre’s entire history can be excused as “not real cyberpunk” on that basis. If you want to constructively address that shit, first you’ve got to own it!
Time relativises the importance of individuals, and increases the importance of their traces…
LA PRINCESA DE LAS RUINAS, PARTE I
Cuando la cápsula se desplomó en el planeta, el familiar olor de la húmeda tierra de las antiguas praderas se esparció por el lugar, revitalizando mi corazón. Fue entonces cuando noté que el casco estaba destruido.
Mi cuerpo se desvanecía en el verdoso atardecer, y encontró su plenitud en la aurora violeta que se esparcía por la joven noche. Me levantaba con fuerzas suficientes como para alimentar mi curiosidad con la aventurera tarea de exploración, sumergiéndome en inundados valles hechos ruinas por el tiempo. Las botas espaciales arrastraban el líquido desconocido y mostraban secretos en el suelo que susurraban ecos de historias que aún no lograba descifrar.
El tiempo me absorbía en su cambiante forma, mis ojos se acostumbraron a las hermosas auroras de enigmáticos atardeceres con tal facilidad que sólo las ruinas se convirtieron en sensación. Fue sobre lo que quedaba de los pilares que presumían una monumental estructura que ella apareció saltando, casi como un juego. Sus vestidos purpuras se extendían en el aire con delicadeza, y sobre sus pies descalzos quedaba la marca de su inquietante naturaleza. Yo la llamé, la princesa de las ruinas.
La dulce persecución revitalizaba mi alma al ver a la princesa corretearse en el reflejo de las inundadas ruinas. Su serenidad me hipnotizaba con tal facilidad que las memorias se volvían políticas, y cuando el casco comenzó a asfixiarme, pude notar su armonizo canto, como una respiración inconsciente que hacía juego con la melodía del cauce del río accidental. Me desplomé sobre mis rodillas. Mis ojos se inundaron de lágrimas y mi corazón se tornaba cálido; tan abrumado estaba de la belleza verdadera de la princesa que no notaba lo familiar que era el ambiente en este abandonado planeta.
Entonces me miró, fugaz y preocupadamente, su canto se aceleró. Era más veloz de lo que sus frágiles piernas la hacían notar. La melodía del cauce se volvió tortuosa y su peculiar respiración se tornó percutiva y violenta. La seguí, cargando con el pesado vestigio de mi naturaleza aventurera; su huida perturbaba en el ritmo y el escandalo no sólo se esparció por el lugar con facilidad, sino que penetró más allá de mi alma inundando a mi espíritu de angustia y terror. La princesa se había escapado.
Solitario en la melodía tortuosa de mí caminar, la bella mirada de la princesa perpetraba el orden de mi mente. Sus delicados ojos de lechuza agrietaban solitarios sentimientos y que con su color lunar, terminaron por encantarme. Ocasionalmente fantaseaba que ella era mi perseguidora, asomando sus desalineados cabellos por los antiguos pilares, y que cayendo las enigmáticas noches, en medio de esos cielos misteriosos, me observaba desde el canto de los bosques que dibujaban en el suelo sus reclamos terrenales.
Fue una violenta mañana cuando la vi extender sus brazos a lo que en medio del caótico cielo parecía una estrella. Su pálida piel se tornaba naranja y en sus cabellos delineaba el brillo amarillento que poseía en su interior. Su ritual terminó cuando ella giró hacía mí, sus ojos dorados encantaron a los míos y con el poder estelar de su protector diurno se encaminó hacia mí.
Me contó entonces, después de arrebatarme el aliento, la moribunda naturaleza de su mundo y su rol maternal que su espíritu le dictaba obedeciera. Yo le expliqué mis obligaciones aventureras y como el riesgo de la tarea puede ser incontrolable, pero todas mis anécdotas quedaban opacadas por la cualidad magna de su tarea. La princesa miraba a su protector, con la ansiedad recorriendo su mirada, pero sin dejar de contarme las historias de lo que alguna vez fue su privilegio para con este mundo.
Hasta que ella se tornó de color lunar de nuevo y la noche violeta, me atreví a prometerle las sensaciones de mi corazón, ella, que ya no buscaba el sol, tomo mi mano y nos ocultamos en los pilares que alguna vez la persiguieron.





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